Leyenda del cacao

El cacao o chocolate era un regalo de los dioses que sólo podía ser consumido por personas de élite.

La palabra “cacao” deriva del Olmeca y del subsecuente lenguaje maya “kakaw”; el término relacionado con el chocolate “cacahuatl” es náhuatl.

Aunque en la actualidad el origen del cacao sigue siendo una incógnita, la mitología prehispánica de México vincula a dos dioses: Quetzalcóatl, representado como “Serpiente de plumas preciosas” (de origen Azteca) y Ek-Chuah, “Dios del cacao, de la guerra y benefactor de los mercaderes” (de origen Maya).

Leyenda del cacao

Cuenta la leyenda que Quetzalcóatl (Dios que simboliza la vida, la luz, la sabiduría, la fertilidad, el conocimiento y considerado patrón de los vientos y del día) regaló el árbol del cacao a los hombres como recompensa al amor y la fidelidad de su esposa, quien prefirió sacrificar su vida antes de relevar el lugar en el que estaba escondido el tesoro de la ciudad.

Al morir la princesa, su sangre fertilizó la tierra para dar vida al árbol del cacao, en ese entonces nombrado cacahuaquahitl.

El sabor del fruto era amargo, característica que los ancestros relacionaban con el sufrimiento que había padecido la princesa.

Los Olmecas molían las habas de cacao mezcladas con agua y saboreaban la delicia de la semilla en forma de bebida. Con el paso del tiempo, la cultura del cacao se extendió a las poblaciones Mayas (600 A.C.) y Aztecas (1400 A.C.). En ese entonces el haba de cacao era utilizada como unidad monetaria y de medida.

En tiempo de guerra, las culturas Azteca, Maya y Chimimeca utilizaban el cacao como impuesto en las zonas conquistadas. Para estas civilizaciones, el cacao era un símbolo de abundancia que se empleaba al momento de rituales religiosos dedicados a Quetzalcóatl y a otras divinidades.

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Pero no fue sino hasta 1519 que el “oro moreno” cautivó el paladar de Hernán Cortés, quien después de haberlo saboreado al lado del emperador azteca Moctezuma, años después lo llevaría a la Corte de España.

Así fue como la cultura del cacao continuó extendiéndose a merced de los flujos migratorios en Mesoamérica, dándose a conocer las virtudes vigorizantes y tónicas de la semilla por todo el mundo.


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